Por Angélica María Rodríguez Vasquez
En el sur profundo de Chile, en la comuna de San Juan de la Costa, hay un taller donde el tiempo parece suspenderse. Una Ruca donde un grupo de mujeres mapuche williche han tejido —con lana, con madera, con cuchillos, con historias— un refugio contra el olvido. Ellas se reconocen como “termitas”: apasionadas por el olor de la madera que tallan, persistentes, silenciosas y vitales para la memoria de su territorio.
Su oficio nace de las manos de sus ancestras. Algunas crecieron viendo a sus madres reunirse en escuelas rurales cuando todavía no existían caminos, cuando el río era la única vía de ingreso y las casas se contaban con los dedos de una mano. Otras volvieron al territorio después de haber migrado por necesidad, buscando ingresos en un mundo que les negaba trabajo y reconocimiento. Todas comparten la misma sensación: crear es resistir.
Identidad que vuelve: “Ahora todo el mundo quiere ser mapuche; antes nadie quería serlo”
Las palabras de una de ellas, dicha con una mezcla de ironía y verdad, revela una fractura histórica:
ser mapuche fue, por décadas, una identidad negada, estigmatizada, invisibilizada.
Hoy pareciera haberse vuelto atractiva desde afuera, pero para estas mujeres no es una moda ni una búsqueda estética; es una raíz que nunca dejaron de sentir. De hecho aun en el 2025 las luchas y resistencias de las comunidades mapuches continúan.
Ser mujer mapuche artesana es, para ellas, un entramado de fuerza, tierra, madre, sangre y memoria. Una identidad que se afirma desde la corporalidad —el olor de la madera, la textura de la lana, el ritmo del telar— y desde lo espiritual:
“Si yo me avergonzara de lo que soy, renegaría a mi madre”, dice Filomena, y con esa frase sostiene un linaje entero.
El oficio no es solo una técnica: es una forma de habitar el mundo, de transmitir cultura, de conectarse con los ancestros que “debieron amar la madera”, como dicen entre risas, porque trabajarla despierta algo que no saben nombrar pero que reconocen en el cuerpo.
Territorio que marca: inviernos duros, veranos de supervivencia
El territorio de San Juan de la Costa es hermoso y hostil. Aquí el invierno es crudo y puede dejar semanas enteras sin poder salir. Por eso el verano se convierte en una carrera por juntar recursos, vender artesanías y asegurar alimentos y dinero para cuando la lluvia encierre todo.
El aislamiento ha moldeado sus vidas: algunas crecieron sin puentes ni caminos, movilizándose en bote, mientras las casas se levantaban dispersas entre cerros y riberas. Ese paisaje no es un simple escenario:
es un actor que condiciona la vida y exige resistencia.
Sin embargo, para otras la dureza fue tanta que tuvieron que migrar. No por deseo, sino por necesidad. Y retornar fue aún más complejo: volver sin recursos, después de la pandemia, significó enfrentarse a la precariedad que el país rural y mestizo instala sobre los cuerpos de las mujeres indígenas.
Trabajo invisible, oficio deslegitimado
Hablan del machismo que habita los territorios y también las instituciones. Relatan cómo el trabajo doméstico sigue sin ser valorado y cómo, en las ferias, muchas veces las personas dudan de que ellas mismas tallan la madera:
“Te miran las manos… ‘¿en serio lo hiciste tú?’ Y buscan al hombre que supuestamente hizo el trabajo.”
El sistema insiste en negar capacidad, técnica, autoría. Pero ellas continúan. Tallan, tiñen, hilan, cocinan, siembran. Trabajan entre el humo, el frío y la falta de empleo formal para mujeres. Saben que su oficio sostiene hogares enteros, aunque el mundo lo lea como “artesanía” y no como trabajo.
Memoria que se hereda: dejar huella para las que vienen
Cuando se les pregunta cómo quieren ser recordadas, no hablan de fama ni de reconocimiento individual. Hablan de sus madres, de las fundadoras, de las que abrieron el taller hace más de 50 años. Hablan de dejar huellas para las futuras generaciones, para que sus hijas puedan ver sus nombres grabados en madera. Quieren que el taller —no solo ellas— sea reconocido como un espacio que demostró que las mujeres, incluso en los territorios más olvidados, pueden sostener una economía, una cultura y una comunidad entera.
“Me gustaría que digan: ‘aquí estuvieron tales mujeres’. Que dejamos una huella.”
“Quiero que mis hijos digan que fui una súper mamá, una súper mujer.”
“Que me recuerden como la artesana.”
Lo que buscan es continuidad. No inmortalidad individual. Memoria colectiva. Una memoria que se trabaja con las manos.
Decolonizar la mirada: escuchar donde el Estado no llega
Este taller es un acto de soberanía cultural. En un país donde lo indígena se folcloriza, se criminaliza o se instrumentaliza, estas mujeres construyen un espacio de autonomía económica y simbólica.
Su artesanía no es mercancía turística: es archivo vivo, es resistencia cotidiana, es pedagogía para sus hijos, es un modo de cuidar la tierra y también de cuidarse entre ellas.
La colonialidad quiso borrar sus lenguajes, sus oficios, sus territorios; pero ellas continúan.
Como termitas. Silenciosas. Persistentes. Orgullosas. Carcomiendo las estructuras que intentaron despojarlas, abriendo túneles para que la memoria fluya aun bajo el peso de la historia.
Epilogo: un memorial en madera
Antes de despedirnos, una idea toma forma: levantar un memorial en madera con los nombres de las mujeres que iniciaron este taller. No como monumento colonial de bronce frío, sino como acto comunitario, hecho con el material que las convoca, con la fragancia que despierta recuerdos, con la resistencia que brota de la tierra húmeda del sur.
Prometen hacerlo. Y yo prometo volver a verlo.
Porque aquí, en este pequeño taller del sur del mundo, se teje algo más grande que artesanías:
se teje historia, se teje identidad, se teje dignidad.
Y en cada hebra, en cada corte, en cada figura, late un territorio entero que se niega a desaparecer.https://www.youtube.com/watch?v=YySE5TUPXHY&t=27s


