Una Militante de la Vida : Desde la Comunicación Popular

Por Angélica María Rodríguez Vásquez

En Rafaela, en donde las promociones publicitarias todavía insisten en mostrar chicos rubios corriendo por campos prolijos, nació una niña que no encajaba en el paisaje.  Nació en un asentamiento hecho de nylon, chapas y pedazos de cartón, donde once familias aprendían a sobrevivir juntas. Allí llegó al mundo Doris Chacón, en plena dictadura cívico-militar  en la Argentina, envuelta en una historia que nadie escribiría en los manuales escolares.

La primera escena que su memoria, sostiene Doris,  es la de una mujer —su madre— con ella en brazos, plantada frente a una topadora. La municipalidad había decidido que esa villa, la suya, “no quedaba bien” frente a un nuevo complejo habitacional. Así que mandaron las máquinas. Pero las mujeres del asentamiento ya sabían lo que significaba el despojo: formaron una barrera humana. Rezaron, gritaron, resistieron por tanto la topadora retrocedió.

Así empezó la vida de Doris, bajo el cobijo de una comunidad que se inventaba a sí misma cada día, amasando pan, intercambiando oficios, juntando la leche de la tarde como quien junta fuerzas para insistir en existir.

En el jardín de infancia, cuando la maestra preguntó quién quería representar a Catalina en la canción, Doris levantó la mano con alegría. Pero la docente, sin mirarla, eligió a Soledad: la niña “más linda”, la de piel clara, la que siempre llegaba bien vestida. La sentencia fue silenciosa, pero devastadora. A Doris le quedó la idea de que ella sería siempre “la chiquitita”, la que nunca alcanza, la que nunca es suficiente.

En Rafaela las palabras “clasismo” y “racismo” no suelen pronunciarse. Pero se practican con naturalidad. La ciudad aprendió a pensarse gringa y blanca; todo lo que no encaja en ese molde se vuelve ruido, excepción, sospecha. “Pensaron que yo era la chica que venía a limpiar”, le dicen todavía cuando entra a una reunión profesional. Ella ya no se sorprende. Solo observa y nombra.

La maternidad la visitó demasiado pronto, a los 16 años. Una niña criando a otra. Las amigas siguieron en el colegio; ella cargó con mochilas que no eran solo de pañales, sino de expectativas rotas. Pero terminó la secundaria. A contracorriente. Con desvelos y silencios. Con un bebé en brazos y un deseo obstinado: estudiar.

El 2001 cayó sobre su vida como una tormenta sin tregua. Hambre, los famosos  patacones, casas sin agua ni luz, lavar coches en la avenida, baldes llenos en la vereda porque las cañerías estaban destruidas. La precariedad no era una categoría sociológica: era el día a día. Y aun así había ternura, solidaridad, pan compartido con harina que los padres compraban en bolsas grandes para repartir entre sus hijas.

Cuando el Estado volvió a aparecer —con Néstor, con Cristina, con programas que no eran caridad sino derecho— la vida de Doris cambió con una velocidad que solo quienes han tocado fondo entienden. Su compañero consiguió trabajo en una fábrica. Ella comenzó a trabajar desde 2005. En 2007 llegó la casa propia. Y en 2009, el Plan FinEs, que le permitió rendir las dos materias que le faltaban para obtener el título secundario.

Esa tarde, con el papel en la mano, sintió que por primera vez la historia —su historia— se destrababa. Entró al profesorado de Historia a los 30 años. Se compró marcadores, cuadernos de colores, cartucheras que parecían de adolescente. Se regaló, a destiempo, la infancia que el país le había negado.
          “En ese banco no se sentaba la Doris madre —dice— sino la niña que soñaba con ser   profesora.”

La universidad se convirtió en una casa posible. La palabra “Historia” le abrió una grieta luminosa: entendió que su vida no era excepción sino síntoma; que la pobreza no era falla individual sino herida estructural; que su cuerpo afrodescendiente cargaba silencios que nadie nombraba.

Pero el tiempo —ese viejo enemigo— volvió a jugarle en contra. Cambios en el plan de estudios, materias caducadas, trabajos, hijos adolescentes, pandemia. Cinco materias pendientes que parecían un muro. El miedo regresó: ¿y si esta vez no puedo?

Entonces encontró la psicología social. Una carrera de tres años. Teoría para entender los vínculos, los barrios, las violencias heredadas. Un idioma para nombrar la conciencia colectiva que la había atravesado siempre.

Se graduó en diciembre. Y poco después, casi como un guiño del destino, descubrió un profesorado de Historia virtual que homologaba lo que ya había cursado. Volvió a estudiar. Volvió a intentarlo. Volvió a creer.

La comunicación popular la había acompañado toda la vida, pero ella no lo sabía. Carlos Bornia —expreso político, fundador del Centro de Testimonio y luego de la Red de Comunicadores del Mercosur— la conoció cuando tenía ocho años y en su casa se organizaban alfabetizaciones de adultos. Las paredes de esa villa fueron pasillos de ideas, de debates, de conciencia.

Décadas después, Doris ingresó a la Red de Comunicadores del Mercosur. Allí descubrió que las mujeres que luchan se reconocen entre sí sin necesidad de explicaciones; que la juntanza es también método político; que el feminismo, si quiere ser verdaderamente latinoamericano, debe aprender a hablar en el idioma de los barrios y dejar de mirar desde arriba.

Hay que empoderar a las vecinas —dice—. No es lo mismo que vaya yo con tecnicismos, a que vaya la mujer del barrio a contar su experiencia. A ella sí la escuchan.”

Al  preguntarle a Doris Chacón  cómo quiere ser recordada, ella responde sin titubear:
“Como militante de la vida.”

Y al escucharla, una entiende que no es una frase bonita. Es la verdad más honda de su biografía.  Militante de la vida porque ha resistido todas las formas de muerte lenta que el Estado, la historia y el racismo estructural imponen: la pobreza, el silenciamiento, la maternidad solitaria, el clasismo, la etiqueta de “chiquitita”.

Doris no quiere convertirse en símbolo. Solo quiere —y eso ya es revolución— seguir caminando con la frente alta entre las calles que un día quisieron borrarla.  Seguir tejiendo historias, como lo hicieron las mujeres que rodearon a su madre frente a aquella topadora. Seguir militando la vida en territorios donde vivir sigue siendo un acto profundamente político.

Y una, desde este lado de la palabra, solo puede agradecer el privilegio de escucharla y acompañarla en su militancia por la vida. De abrazarla,  de escribirla,  de saberse parte de la trama que ella sigue tejiendo para que ninguna niña vuelva a creer que es “muy chiquitita” para ser elegida.

Ver Entrevista en : Mujeres que Tejen la Historia en América Latina y el Caribe

Entrevista No 61 #MujeresqueTejenlaHistoriaenALC #DorisChacón #rafaela #argentina