Por Angélica María Rodríguez Vásquez
En la cima de la favela Babilonia, donde la ciudad de Río de Janeiro se quiebra entre el asfalto y la playa, existe un pequeño territorio que fue arrancado a la violencia, a la basura, a los miedos y a las despedidas. Un jardín —literal y simbólico— que una mujer colombiana sembró con terquedad de migrante, con esa obstinación de quien se cansó de huir y decidió, por fin, habitar el mundo. Ese lugar se llama Estrelas de Babilonia, el hostal eco ambiental que Bibiana Ángel, chocoana y caminante de varios países, construyó junto a su socio belga.
Pero la historia del hostal no empieza con sus paredes de colores ni con las noches estrelladas sobre Copacabana. Empieza mucho antes: en una infancia marcada por despedidas, en los desplazamientos internos que fragmentaron su vida entre Choco, Pereira, Cartago, Villavicencio y Bogotá. Empieza en la violencia política que expulsó a su familia, en la rabia de descubrir el racismo en carne ajena y en la convicción íntima de que ella no quería sumar más dolor al mundo.
“Yo quería ser parte de la solución y no del problema en Colombia”, dice Bibiana. Y esa frase, simple y enorme, es la columna que sostiene todo lo que pasaría después.
De la migración como herida a la migración como posibilidad
La primera salida fue a Argentina. Allí Bibiana encontró un país donde las frases cotidianas cargaban un racismo crudo y donde ella aprendió que el lenguaje es también una frontera de violencia. Pero también descubrió que podía abrir caminos incluso en los bordes más duros: trabajó en una villa y entendió que la migración no solo lleva nostalgia y acentos nuevos, sino fuerzas inesperadas para construir desde cero.
Brasil fue un llamado político, cultural, afectivo. Un país que le sonaba a samba y cine, pero también a dignidad: “Yo salí de Colombia porque quería vivir en un país donde pudiera soñar”, cuenta. Y cuando llegó a Río de Janeiro —sin planes de quedarse— un amigo la invitó a conocer la favela Babilonia. En ese territorio golpeado por la desigualdad, pero lleno de vida, Bibiana vio algo que muchos no: potencial.
“Yo no vi una favela, yo vi un lugar para hacer”, recuerda.
Cuando una extranjera decide sembrar un jardín en una favela
La escena parece casi poética: dos migrantes sin dinero —una colombiana y un belga— decidieron montar un pequeño bar en lo alto de la favela, mientras Río se preparaba para la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos. Con créditos prestados, críticas y una fe obstinada, nació el primer Estrellas de Babilonia.
El lugar fue pensado como un homenaje a la gente del morro: “las estrellas”, esas vidas luminosas que las noticias suelen reducir a violencia, pobreza o estigma. Lo que Bibiana y su socio construyeron fue una puerta. Una conexión entre el quienes habitan la favela, turistas, migrantes y el barrio “de abajo”. Pero también una nueva forma de habitar Babilonia.
Cuando Bibiana comenzó a reciclar residuos, a separar la basura, a sembrar plantas, a llamar jardín a un pequeño terreno cubierto antes por desechos, muchos la miraron con extrañeza. En la favela, tener un jardín no era algo “posible”. Las plantas se consideraban algo de clase alta, de barrios nobles, no de morro. La idea de un espacio con flores, mariposas y silencio parecía casi absurda.
Pero la migración también trae eso: ideas que incomodan la costumbre. Y Bibiana insistió.
De ese basurero surgió un espacio verde. De esa insistencia nació la primera instalación de energía solar en una favela en Brasil. Y de ese bar nació una posada que hoy es refugio, punto de encuentro y hogar para cientos de personas que pasan por allí.
Estrellas de Babilonia también se convirtió en el lugar donde la diáspora colombiana encontró café, cariño y conversación. Bibiana, con su orgullo de mujer fronteriza sin regionalismos, supo transformar el hostal en una casa de puertas abiertas. El primer mensaje que envió al llegar a Río lo dice todo: “¿Quién quiere tomar un café conmigo?”.
La comunidad colombiana fortaleció el proyecto y el proyecto fortaleció a la comunidad. Durante el proceso de paz en Colombia, desde la favela se creó el colectivo Colombianas y Colombianos por la Paz Río de Janeiro. Se hicieron reuniones, actividades, círculos de apoyo, vigilias. Y quienes llegaban al morro —exiliados, estudiantes, turistas, refugiados— encontraban allí un abrazo y un plato servido.
“A mí la migración me ha tratado bien porque siempre encontré casas con las puertas abiertas”, dice Bibiana. “Y lo mínimo que puedo hacer es abrir las mías”.
Ser mujer migrante y construir paz donde nadie la espera
Babilonia no es un territorio fácil. La violencia, el control armado, la pobreza y los estigmas pesan sobre sus calles. Pero Bibiana logró algo extraordinario: construir un lugar de paz en un espacio donde la paz no es evidente.
Las redes de mujeres migrantes, las amistades feministas, los lazos cotidianos de ahorro, comida compartida y conversación, han tejido un sostén que atraviesa el hostal. Estrellas de Babilonia es también un laboratorio comunitario donde los afectos son una estrategia de supervivencia.
“Yo no he hecho nada sola”, insiste. “Lo construí con mis amigos, con mis amigas, con mi socio, con la comunidad. La red no aparece: se teje”.
Hoy, tras once años, Bibiana hace una pausa, se prepara para migrar otra vez y deja en Río un proyecto vivo. Un sueño colectivo. Un hogar para quien llega sin nada. Una pequeña trinchera de esperanza.
Cuando le preguntan cómo quiere ser recordada, guarda silencio. Después sonríe y dice:
“Me gustaría ser recordada como una mujer que aprendió a compartir”.
Eso, y como la mujer que le enseñó a una favela que también podía tener jardín.
Y que en ese jardín —contra todo pronóstico— podían crecer estrellas.
Puede ver la entrevista completa en https://www.youtube.com/watch?v=n29A2XDm_TY&t=511s


