Soñar y creer: La fuerza de una comunicadora mapuche en tiempos de resistencia

En el extremo sur del continente, donde el viento dibuja historias sobre los lagos y las montañas, vive Maitén Cañicul. Su voz atraviesa el aire frío de Junin de los Andes y se transforma en palabra sembrada: comunicación, territorio, identidad. Maitén es comunicadora popular, mujer mapuche, tejedora de sonidos y de comunidad. Su oficio es la palabra compartida, esa que no busca imponer sino acompañar, escuchar, sanar.

“Empecé muy joven, en la adolescencia —cuenta—. En mi territorio había un juicio a una autoridad tradicional mapuche, y no había comunicadores mapuche. Entré por necesidad, porque hacía falta contar lo que pasaba desde nuestra mirada”. Desde entonces,
a comunicación fue su modo de resistir, pero también de cuidar.

A través de la radio comunitaria, Maitén aprendió que comunicar es más que hablar: es tejer vínculos, sostener el fuego de la palabra. En los micrófonos de FM Pocahullo y FM Che, cada transmisión se convierte en ceremonia. La voz se vuelve cuerda que une pueblos y generaciones.

La curiosidad la guía. “Siempre me gustó aprender, conocer otras formas de pensar, de contar”, dice. En su cotidiano, la comunicación se ha vuelto respiración. “Si me preguntas cómo es un día mío, la mayor parte del tiempo la paso comunicando”. La palabra se transforma en materia viva, en semilla que brota en el territorio.

El hilo de la identidad

Maitén nació en una familia que nunca escondió su raíz. Sus abuelos sobrevivieron a la guerra, y en su casa el orgullo mapuche era cotidiano. “Me crie en un contexto donde ser mapuche no era motivo de vergüenza. Mis padres estaban organizados, siempre activos. Eso me formó. Pero también me encontré con el racismo, en la escuela, en los medios, en la vida”.

En la escuela, la diferencia era palpable. “Sentía que tenía que fingir ser otra persona”, recuerda. Años después, al llegar a los medios, encontró otro muro: la violencia simbólica. “Nos decían usurpadores, terroristas. Hablar desde el pueblo mapuche era una resistencia diaria”. Pero aprendió a hacerlo acompañada, en colectivo, con otras y otros que también soñaban un mundo más justo.

Soñar y creer

Cuando se le pregunta de dónde viene su fuerza, responde sin dudar: “De soñar y de creer”. Esas dos palabras las heredó de sus abuelas, mujeres sabias que tejían la vida con paciencia y ternura. “Ellas me enseñaron que nunca estamos solas, que vivimos rodeadas de otras vidas que nos acompañan”. Soñar, creer, resistir: los verbos de su genealogía.

Desde niña aprendió que la siembra puede ser lenta, pero siempre da fruto. “Lo vi con mi abuela —dice—. Empezó con una casita mínima y terminó con un hogar lleno de vida, con huerta, fogón y espacio para todos”. Esa imagen la acompaña en la radio, donde cada palabra es un ladrillo, cada transmisión un acto de siembra colectiva. “Las pequeñas acciones, sostenidas en el tiempo, construyen futuro”.

Comunicación y territorio

Hacer comunicación popular no es fácil. “Sostener los medios sin recursos es un desafío enorme —explica—. Pero seguimos porque los medios son espacios de vida, de identidad. Son nuestras voces, y no podemos dejarlas caer”. En ese horizonte, los proyectos digitales se han convertido en una nueva trinchera de resistencia. Maitén participa en El Tábano Digital, un periódico comunitario que une generaciones y territorios. “Es otra forma de dejar huella, de registrar las luchas y los sueños para quienes vendrán”.

La palabra escrita, para ella, no es enemiga de la oralidad. Es una extensión del fogón. “En cada nota, en cada crónica, queda un pedacito de historia del territorio”, afirma. Así, lo digital también se vuelve territorio, un espacio de memoria que resiste al olvido.

Hablar desde el corazón

Su abuela le enseñó una máxima que se volvió principio de vida: “Hablar desde el corazón”. Maitén la repite como un mantra. “Comunicar es entregar algo de una misma. Hay que hacerlo con sinceridad, con respeto, desde la ternura y también desde la firmeza”. En sus programas de radio mezcla el mapuzungun y el castellano. No es hablante nativa, pero sabe que cada palabra en su lengua ancestral cambia el sentido de lo que dice. “Cuando hablo en mapuzungun, algo se acomoda. La gente escucha distinto”.

A los oyentes no mapuche, les habla con paciencia, sin suavizar la verdad. “Muchas veces el racismo viene de la ignorancia. Por eso hay que explicar, repetir, volver a nombrar. No cansarse de contar lo que vivimos”. Cada diálogo, dice, es una posibilidad de transformar el
mundo un poco más.

El poder de la palabra

En la cosmovisión mapuche, el poder no se acumula: se comparte. “Para mí, el poder no es dominio, es responsabilidad. Decidir juntarnos, organizarnos, hablar desde nuestros propios medios, eso ya es ejercer poder”. La comunicación, entonces, no es una herramienta; es un modo de existir, de cuidar, de equilibrar el tejido de la vida. Maitén lo resume así: “Si sabemos que somos parte de una red de muchas vidas, nuestra responsabilidad es cuidarnos y cuidar a las otras. Hacer comunicación es eso: un acto de cuidado y de reciprocidad”.

Un tejido que no se rompe

Hoy, después de años de siembra, Maitén celebra logros colectivos: las radios comunitarias con casa propia, las jóvenes comunicadoras que conducen programas, las nuevas generaciones que continúan el camino. “Las que empezamos hace veinte años soñamos con un medio que tuviera otras voces. Hoy existe. Eso demuestra que vale la pena seguir soñando”.

Su historia, como la de tantas mujeres del sur, es una trama de resistencias. Una red que se sostiene con la fuerza de la palabra, la memoria y el amor al territorio. En ella, comunicar es sembrar, y cada mensaje es una semilla para las que vendrán.


Red de Mujeres que Tejen la Historia en América Latina, 2025